8.09.2006

La Cena nuestra de cada Día



Es, cómo decirlo, sólo una delicadeza nuestra, el fino placer de torturarnos y olvidar; la idea preciada del lazo. Porque esto es irrompible: sangremos hasta hartar las copas, que solazarán nuestra cena, y es que comernos las propias cabezas nunca es sufieciente. Es en esta lúgubre escena, y tras la mesa familiar, que se yergue el amor que ostenta la cruz. Y sí, nuestro cristo de pan y agua, de vino y carne: él, que nunca quiso posar sus ojos sobre mi cabeza; él, que acompañó cada momento del banquete humano; él, que nunca tuvo hambre de amar, quien dijo que nos amaramos. Y fuimos todos a hacerle caso. ¿Quién nos obliga mis comensales? Nadie, por supuesto, sólo este amor, sólo este amor.

Y entre los dientes me queda el gusto de la estirpe y su piel gruesa imposible de cortar con cuchillo de mantequila; imposible de cortar con cualquier cosa. Y, mientras recojo la servilleta para limpiar los restos de esta solidaridad, recreo la imagen de la nostalgia de esta avidez: nos amamos como miserables perros callejeros, NOS AMAMOS COMO PERROS!

Sería más perversamente infame cerrar el encuentro prodigando el amor, así es que sólo diré que adoramos la devoración.

2 comments:

Anonymous said...

lo sabía . lo sabía!
era una HIJA DE PERRA! que por cierto va muy bien encaminanda con esto del periodismodadá.

Tú sabes Perrini a qué me refiero

Amén hermanos!!!

insómnico said...

"Cuando encuentran" a Mowgly, el protagonista del Libro de la selva, tiene las piernas y brazos llenos de cicatrices, y los aldeanos piensan: "pobrecito niño, esos lobos le han hecho tanto daño" cuando en realidad para él y para los lobos no eran más que cariños y juegos.